En la arquitectura contemporánea, el elemento más poderoso de un espacio suele ser aquel que no se puede ver.
Durante décadas, el diseño se ha definido por lo visible: materialidad, luz, proporción y forma. Estos elementos conforman cómo se percibe, fotografía y recuerda un espacio; sin embargo, no determinan por completo cómo se siente.
Ese papel pertenece a algo menos tangible: la atmósfera.
La temperatura, el movimiento del aire y la humedad forman una capa invisible que afecta directamente al confort, al comportamiento y a las emociones. Es una capa que suele pasar desapercibida… hasta que falla.
Hablamos con Jonathan Jover, CEO de Magnovent, sobre por qué esta dimensión invisible se está volviendo central en la arquitectura y cómo un nuevo enfoque de la ingeniería ambiental está transformando la manera en que se diseñan y experimentan los espacios.
¿Por qué la atmósfera se está convirtiendo hoy en un tema tan importante en la arquitectura?
Durante mucho tiempo, la arquitectura se ha centrado en lo que podemos ver: materiales, luz, proporciones. Pero lo que la gente realmente recuerda es cómo le hace sentir un espacio.
Esa sensación depende en gran medida de la atmósfera. Puedes tener un lugar espectacular, pero si hace demasiado calor, hay mucha humedad o el aire está estancado, la experiencia se rompe de inmediato.
La atmósfera suele ser invisible, pero define si un espacio funciona o no. Establece el umbral entre algo que se admira y algo que realmente se habita.
¿Por qué se ha ignorado tradicionalmente esta capa?
Porque cuando funciona, no se nota.
El confort espacial rara vez se ha tratado como un reto técnico prioritario, sino simplemente como algo inherente al proceso de diseño. Mientras el flujo de aire cumpla con unos mínimos, se queda en un segundo plano.
Pero en el momento en que fallan, se convierten en lo único que la gente percibe. Ahí es cuando te das cuenta de lo fundamental que es realmente esta capa.
¿Está empezando a cambiar esta percepción?
Sí, de forma significativa.
Los diseñadores reconocen cada vez más que el confort no es un parche técnico que se aplica al final, sino una condición espacial que debe diseñarse: un punto donde la arquitectura y los sistemas ambientales operan como una estrategia única y coordinada.
Esto redefine la atmósfera como un componente activo de la arquitectura, algo que debe proyectarse y someterse a ingeniería profesional desde el minuto uno.
¿Qué significa diseñar «el aire»?
El aire es un fluido, un material, aunque sea invisible.
Su movimiento, distribución e interacción con el cuerpo humano moldean cómo se experimenta un espacio a lo largo del tiempo. El aire puede hacer que un lugar se sienta calmado o inquietante, acogedor o incómodo.
Diseñar con aire consiste en crear equilibrio: no se trata solo de bajar la temperatura, sino de controlar cómo se mueve el aire y cómo sostiene el entorno global.



¿Cómo evolucionó vuestro enfoque de la ingeniería del flujo de aire?
Todo se remonta a cuando conocí la tecnología HVLS (high-volume, low-speed) en California.
Lo que me impactó de inmediato fue su potencial para cambiar radicalmente la gestión del aire. Estos sistemas están diseñados para mover el aire suavemente, pero desplazando volúmenes ingentes, lo que crea una brisa constante que homogeneiza las temperaturas tanto en invierno como en verano, generando un ahorro energético masivo y un confort superior.
En lugar de actuar como objetos aislados, operan a la escala del propio espacio.
Lo que el cliente experimenta no es el flujo de aire como una fuerza mecánica, sino como una condición natural: un movimiento continuo y equilibrado que aporta confort sin que el sistema que hay detrás llame la atención.
¿En qué se diferencia de los enfoques de refrigeración tradicionales?
Los sistemas tradicionales suelen depender del aire acondicionado como una solución correctiva, que a menudo se añade cuando ya se ha detectado el malestar térmico.
Nuestro enfoque propone integrar la ingeniería del flujo de aire —incluyendo el uso estratégico de ventiladores de gran formato— junto con el aislamiento térmico en la arquitectura desde el inicio de la obra.
Al combinar el movimiento controlado del aire con una envolvente eficaz del edificio, es posible mejorar la sensación térmica en lugar de sobrecompensar con máquinas. El confort se logra mediante el equilibrio, no mediante extremos.
¿Cómo se traduce esto en beneficios de energía y sostenibilidad?
Una vez que el movimiento del aire y la humedad se gestionan correctamente, la percepción de la temperatura cambia drásticamente.
En términos prácticos, por cada 1°C que subimos en la consigna de temperatura, el consumo energético puede reducirse en torno al 8%. Este es un factor crítico para el sector de hostelería, donde el gasto energético impacta directamente en la operativa.
La clave es que el confort se puede mantener —o incluso mejorar— consumiendo mucha menos energía. Basándonos en la experiencia de nuestros clientes, hablamos de una reducción del 30-45%. Estas evidencias han sido corroboradas mediante tests independientes en aeropuertos, retail y, por supuesto, hoteles y restaurantes, incluso en entornos semiabiertos.
Al mantener el aire en movimiento y equilibrado, los espacios se sienten naturalmente más frescos, reduciendo la necesidad de usar aire acondicionado. En invierno, nuestros sistemas destratifican el aire (vital en edificios altos), enviando el calor del techo hacia el suelo ahorrando la energía necesaria para alcanzar la temperatura deseada.
Es un cambio de paradigma: pasar de simplemente enfriar o calentar espacios a combinar soluciones bioclimáticas eficientes para alcanzar el objetivo con el mínimo consumo.
Esto parece especialmente relevante en hospitality. ¿A qué se debe?
A que la hostelería trata, en última instancia, sobre la experiencia.
El lujo hoy no es solo visual. Se trata de la ausencia de esfuerzo y de la libertad de elegir cómo se vive un espacio; donde la belleza importa tanto como el sentimiento que evoca.
Los espacios con más éxito son aquellos donde el confort es inmediato e intuitivo. El huésped no necesita adaptarse al entorno: el entorno se adapta a él.
La atmósfera influye en cuánto tiempo se quedan los clientes y cómo recuerdan el lugar. Un ejemplo crítico es el Rock Bar en Bali (Ayana resort): una ubicación icónica donde el calor extremo generaba quejas.
Gracias a nuestros sistemas de flujo de aire, la percepción cambió radicalmente, permitiendo que los clientes se queden más tiempo. Casos similares son Finns Beach Club, Savaya, One Ibiza Suites o Lío Ibiza.
También ayudamos a superar retos en el Mandarin Oriental de Barcelona o el Marriott Courtyard, donde los techos altos provocan estratificación. Homogeneizar el aire es clave para ofrecer confort natural y un aire saludable.
¿Forma esto parte de un cambio mayor en la arquitectura?
Sí.
Existe una conciencia creciente de que el rendimiento no es solo técnico, sino experiencial. La arquitectura se evalúa ya por cómo sostiene el bienestar y el confort a largo plazo.
Esto impulsa un enfoque integrado, donde los sistemas ambientales dejan de ser infraestructura oculta para convertirse en herramientas que dan forma al espacio.
¿Cómo resumiría esta evolución?
Caminamos hacia una arquitectura que no solo se ve, sino que se siente.
La atmósfera ya no es algo que queda en segundo plano. Se está convirtiendo en una capa fundamental del diseño que debe ser proyectada desde el inicio.
Porque, al final, el éxito de un espacio no se define por cómo luce.
Se define por cómo te hace sentir.


